Tuesday, April 05, 2011

Balada triste para el hombre común


“Soy un escritor, malditos fenómenos. Creo, y con mi arte describo y sirvo a la vida del hombre común. Trabajo para redimirlos de sus vidas miserables”: ésta es la declaración de principios de un eufórico Barton Fink frente al mundo entero representado por un grupo de marinos que tratan de divertirse en un salón de baile en Los Ángeles. La euforia le viene a Barton del cansancio y el éxtasis logrados tras haber puesto punto final a lo que considera es su obra maestra, la pieza literaria que la posteridad recordará como el primer eslabón de un collar de perlas.

Barton Fink, la criatura parida por el ingenio de los Hermanos Coen en 1991, ha conocido demasiado pronto el éxito como autor teatral, y se jacta de que por fin Broadway se ha rendido ante la épica del hombre común. En la mente de Barton, el hombre común ríe, sufre, llora y se queda callado porque no sabe expresarlo. El hombre común necesita que alguien más, con el talento de Barton, venga a poner en su boca las palabras que aquél no podría pensar por sí mismo. La tragedia del vendedor de pescado que tiene que echar su mercancía no vendida a la basura; el horror de la quinceañera embarazada que imagina que su vida futura no será muy diferente a la de su madre; la tristeza del chico a quien no aceptan en el ejército, como el resto de sus amigos en transición de hombreas a niños, por tener miopía. Todas esas personas son reales, pero su vida emocional se extinguiría por la noche cuando ponen la cabeza en la almohada, a menos que Barton Fink -la gran promesa de Broadway adoptada por Hollywood- les cumpla la promesa de que toda vida representada en el escenario teatral se vuelve más grande que cualquier sueño. El escenario es el mismo a través del tiempo: lo pisaron los trágicos griegos, Ibsen, Shakespeare, Valle Incláa, y ahora también las criaturas de Barton Fink. En ese escenario invariable en lo esencial a través del tiempo, y por el mero acto de ponerse la máscara y esperar entre bambalinas la tercera llamada, el hombre común se convierte en dios o el diablo, en la virgen y en la prostituta, en la víctima y el verdugo. Y eso genera una sensación de omnipotencia que embriaga al buen e inexperto Barton Fink.

Pero muy pronto la vida -encarnada en un asesino serial con la cara amable de John Goodman- vendrá a mostrarle al ingenuo Barton que la tragedia del hombre común americano se experimenta en silencio, precisamente porque a esto es a lo que más se parece la frustración, la certeza de cargar pecados inexpurgables, la muerte. No es que el talento de Barton Fink sea insuficiente para cantar la balada del hombre común, sino que el tono grandilocuente en que ha elegido hacerlo habla más de su propio universo que de la textura emocional de las vidas comunes, de esas que nacen y se extinguen todos los días. La grandilocuencia teatral es, en el caso de Barton, como los merengues que adornan un pan seco y duro con la intención de convertirlo en un pastel de bodas magnífico. Por eso, cuando Barton le espeta en la cara al mundo que él es un creador, y los demás sólo bestias inconscientes y anestesiadas contra la realidad, él lo hace con tal teatralidad y convicción impostadas porque -podemos adivinar- a sí mismo se observa como un hombre común en busca de una épica para habitar. En pocas ocasiones como ésta, el cine nos ha mostrado el esplendor y la miseria del proceso de la creación; lo que significa ser poeta en una época en la que ellos tienen que ganarse la vida y la bebida escribiendo guiones para películas de luchadores de serie B.

Barton Fink es un prodigio del humor negro; una épica del escritor que olvida su posición de hombre común y quiere escribir historias sobre hombres comunes como si ellos fueran insectos de otra especie; un milagro a propósito del horror que provoca iniciar el proceso creativo y enfrentar la hoja en blanco, pero también una profesión de fe sobre el oficio narrativo por medio del cual los hombres comunes se transforman en escritores.

Tuesday, March 29, 2011

La piel que habita el escritor

Hace un par de años, a propósito del lanzamiento de la novela de Salman Rushdie The Enchantress of Florence, el MAM de Nueva York reunió en una charla al escritor británico de origen indio con Jeffrey Eugenides, autor de esa maravilla de la introspección adolescente que es The Virgin Suicides. A petición de Eugenides, Rushdie hizo el experimento de comparar su memoria como escritor con una casa. ¿En qué habitación colocaría él cada memoria para observar su vida literaria como una construcción que, planeada o construida de manera espontánea, puede sostenerse por su propios cimientos? Rushdie colocó sus recuerdos sobre la infancia feliz en Bombay en el recibidor de la casa; obviamente, las memorias sobre el amor ocupan las habitaciones de la planta alta y con cama, unas con más luz y otras con el aire densamente condensado en su interior; en la sala se encontrarían sus encuentros con colegas y estudiantes que le han permitido observarse a sí mismo con ironía y distancia; en el comedor situó su vida familiar, bulliciosa y relajada, como son las reuniones entre personas no religiosas. Pero, ¿en qué lugar de la casa guarda Rushdie los plano de la construcción? Siempre es bueno saberlo, en caso de que la obra necesite reparaciones o haya que exigir a la aseguradora la indemnización por la pérdida total.

Rushdie dijo que más que planos, lo que tenía era una bitácora de cómo fue construyendo la obra en el tiempo. Y que esa evolución podría reducirse a dos momentos que siguió el hipotético arquitecto: primero, empezó construyendo la obra como lo haría un escritor cuyo principal interés es expresar su visión del mundo y, al final, llegó a privilegiar el punto de vista del lector, quien ocasionalmente es autor y quiere experimentar el mundo como lo hacen los que se acercan a los libros con la devoción que ciertas personas sienten por la religión. Es decir, que Rushdie habría empezado escribiendo como escritor, valga la expresión, y acabaría creando como lector.

Eugenides, de manera sorprendente, dijo que él se observaba a sí mismo de manera similar. Sólo que su bitácora de construcción tenía tres etapas: primero, él empezó buscando las frases perfectas, entre más cortas mejor, que condensaran al mundo entero reflejado en una gota de agua; después, él fue en busca de la trama perfecta, aquélla que por más excéntrica que fuera, tuviera el don de la verosimilitud y generara la suspensión de la incredulidad del lector; y, finalmente, Eugenides querría dibujar personajes de carne y hueso, con la misma densidad emocional de las personas que tuvieran la condescendencia de leer sus novelas.

Eugenides entonces le pidió a Rushdie que elaborara un poco más su idea sobre el escritor que anhela crear como lector. Quizá por el nerviosismo de la proximidad del micrófono, él no pudo hallar entre los escritores el ejemplo para mostrar el tipo de obra que él quería crear como lector travestido. Vaciló un momento y acabó citando a Pedro Almodóvar como el modelo de narrativa que a él le interesaba más: sus guiones son terriblemente complejos, incluso inverosímiles si se saca a los personajes y las situaciones del contexto, pero toda la información es presentada al espectador en el preciso momento en que él la necesita conocer para conectarse emocionalmente con la película. Ni antes ni después. Almodóvar no es Greenaway ni quiere saturar con referencias culteranas, pero tampoco es González Iñárritu para mostrar que es un malabarista excelso sin nada sustancioso qué contar.

Nos enteramos, por ejemplo, del pasado de Agrado en Todo sobre mi madre en el momento en que Marisa Paredes y Candela Peña tienen una pelea y se suspende la función de Un tranvía llamado deseo. Entonces ella se sube al escenario y relata las cirujías y las madrizas que le ha propinado la vida en la calle, y todo por hacerle la vida más agradable a los demás. No hay flashbacks ni una plática en la intimidad entre Agrado y Cecilia Roth para rememorar el pasado; lo que Almodóvar decidió poner en escena es la coincidencia entre la forma y el fondo: toda la vida del personaje de Antonio San Juan ha sido una representación, y sin embargo rebosa autenticidad, coherencia, fidelidad a lo que uno siempre ha soñado de sí mismo. Por eso la escena no podría haber ocurrido en otro lugar que en el escenario del teatro. Como espectador, Almodóvar crea una escena que muestra las tripas del personaje, pero sin agotar la narrativa o exponer al personaje al ridículo o la caricatura. Y ése es el punto de vista que Rushdie anhela para su propia obra.

Otro caso que cita el escritor indio es Hable con ella -quizá la mejor película de Almodóvar-: una sucesión aparentemente infinita de cajas chinas, en la que los personajes se encuentran en el pasado y en las conversaciones que tienen sobre otros personajes, y acaban cediendo bajo el peso de toda esa palabrería dicha a quien no quiere o puede escucharla. Curiosamente, Almodóvar ha construido una película sobre la necesidad de hablar, en la que los personajes no pueden comunicarse con quienes tienen más necesidad de romper el silencio. Sólo Benigno y Marco pueden hacerlo, pero es demasiado tarde para pensar en permanecer en el mundo cuando la chica de la que está enamorado el primero ya está fuera de su alcance. Las palabras vinculan a Marco y Benigno -como en la escena de la visita al reclusorio donde el segundo le dice al primero que desea abrazarlo, aunque eso implique sugerir que ambos son pareja para solicitar la visita conyugal-, pero el muro de cristal que los separa es menos denso que la pérdida de mundo que él ha experimentado en su ostracismo de la mujer en coma que cuidaba en el hospital. El milagro que es el guión de Almodóvar en Hable con ella hace que la escena de la violación nunca la conozcamos, más que a través de las palabras que convierten a Benigno responsable de vulnerar un cuerpo indefenso. Almodóvar nunca disculpa el hecho de la violación, pero no puede dejar de sentir simpatía por ese hombre que ha conocido la intimidad y el deseo de manera distorsionada. Por eso lo que vemos es el relato de la escena de una película -una caja china con otra dentro, el reflejo de un reflejo-, la cual evocada por el espectador cuando él conoce toda la verdad, nos permite observar el dolor de la víctima y el agresor de manera simultánea.

Todo lo anterior viene a cuento porque Almodóvar, para satisfacción de Rushdie, está a punto de estrenar su nueva película La piel que habito. Quizá, sea la oportunidad de comprobar el milagro que es el cine hecho desde la perspectiva del espectador, el prodigio que es la escritura hecha desde el punto de vista del lector.

Monday, February 28, 2011

Extremadamente fuerte, increíblemente cerca y completamente iluminado

De acuerdo con Jonathan Safran Foer, lo opuesto del silencio no es la literatura -porque las letras pueden usarse para describir el propio silencio o contar sobre lo difícil que es comunicar el dolor o la alegría- sino la risa. Allí están los chistes sobre judíos para probarlo. Dice Foer que, si un judío está en el metro de Berlín y se queja de que los trenes apestan y hay demasiada gente, su amigo también judío lo calmará diciéndole: “Recuerda que los alemanes son expertos en eso de organizar el transporte de personas en tren”. ¿Por qué nos reímos? Porque esperamos que, al final del chiste, la sonrisa aparecerá en la boca de los judíos. Porque reír es estar vivo. Y los muertos no pueden reír. Por eso la risa es lo opuesto del silencio. Incluso, cuando reímos nos relajamos de tal manera que los dientes se muestran de forma impúdica y la voz alcanza notas agudas que contradicen la gravedad y solemnidad que queremos dar a nuestras palabras. Reímos porque hemos sobrevivido. Reímos porque no estamos solos y parece que otros también han sobrevivido para escuchar un chiste de judíos.

Conozco dos de las novelas de Foer, Everything is Illuminated yExtremely Loud and Incredibly Close. Ambas tratan de la muerte violenta y el hueco que deja en quienes la experimentan como sobrevivientes: la primera, se sitúa en el espacio de la memoria sobre el Holocausto -que ya sabemos no es un Holocausto, sino el exterminio sistemático de personas por el hecho de su condición racial o los prejuicios que asociamos a ella- y la segunda en el duelo pospuesto de un chico por el padre muerto en el 9/11. Al final de ambas, aflora la sonrisa: ésa que es patrimonio del sobreviviente, de quien sabe que peores cosas podrían pasarte que escuchar un chiste políticamente incorrecto desde la comodidad de tu sobremesa.

El más reciente libro de Foer, Eating Animals, es un ensayo que se ocupa de nuestros hábitos alimenticios. Siendo él mismo un vegetariano, Foer afirma que se aburre profundamente con quienes predican y hostigan a los carnívoros sobre la inmoralidad de sus hábitos alimenticios. No obstante, cree moralmente relevante contar completo el chiste: no es que las granjas donde se crían las criaturas que nos comeremos sean lugares de felicidad como los que visitan los niños de Plaza Sésamo. Al contrario, esos espacios son terriblemente crueles y deshumanizan a quienes tiene que trabajar degollando animales, confinándolos en espacios miserables y sucios, obligándolos a comer hasta que literalmente mueren de abundancia. La cuestión no es tanto preguntarnos por qué no podemos comer carne sino por qué no debemos hacerlo. En el primer caso, se trata de un enfoque sobre la potencia del hombre como única criatura capaz de utilizar la razón para anticipar el sufrimiento de otros seres, planearlo cuidadosamente y sacar la mayor ventaja. En la segunda pregunta, lo que aparece es el individuo estableciendo una relación crítica con sus propios hábitos: ¿realmente es necesario infligir tanto sufrimiento a otro ser vivo? ¿Necesitamos que el centro de nuestras festividades sea un pavo al que nunca se le permitió extender sus alas en toda su amplitud? ¿No nos degradamos a nosotros mismos subiendo el volumen a la música para no oír la agonía de los cerdos u otras especies? El dolor, como la risa, se expresan en voz alta -increíblemente fuerte y extremadamente cerca-; pero después del dolor surge el silencio, mientras que la risa sólo trae como consecuencia un dolor de quijada cuando es prolongada y el deseo de contar más chistes.

Sunday, December 26, 2010

17 películas/ 2010


1) UN PROFETA - Jacques Audiard

2) WHERE THE WILD THINGS ARE - Spike Jonze

3) A SINGLE MAN - Tom Ford

4) HACE TIEMPO QUE TE QUIERO - Philippe Claudel

5) MICMACS - Jean-Pierre Jeunet

6) COPIE CONFORME - Abbas Kiarostami

7) THE SOCIAL NETWORK - David Fincher

8) SOMOS LO QUE HAY - Jorge Michel Grau

9) THE ROAD - John Hillcoat

10) DE HOMBRES Y DIOSES - Xavier Beauvois

11) BUDA EXPLOTÓ DE VERGÜENZA - Hanna Makhmalbaf

12) SUBMARINO - Thomas Vinterberg

13) SOMEWHERE - Sofia Coppola

14) MOON - Duncan Jones

15) YO, TAMBIÉN - Antonio Navarro & Álvaro Pastor

16) UNCLE BOONMEE WHO CAN RECALL HIS PAST LIVES - Apichatpong Weerasethakul

17) L’HERISSON - Mona Achache

17 discos/ 2010



1) THE SUBURBS: Arcade Fire

2) THIS IS HAPPENING: Lcd Soundsystem

3) HELIGOLAND: Massive Attack

4) HIGH VIOLET: The National

5) WRITE ABOUT LOVE: Belle & Sebastian

6) PLASTIC BEACH: Gorillaz

7) LEAVE YOUR SLEEP: Natalie Merchant

8) HERE LIES LOVE: David Byrne & Fat Boy Slim

9) THE AGE OF ADZ: Sufjan Stevens

10) NO GOSTHLESS PLACE: Raised by Swans

11) FALLING DOWN A MOUNTAIN: Tindersticks

12) LOVE REMAINS: How to Dress Well

13) THE SOCIAL NETWORK: Trent Reznor & Atticus Ross

14) I AM LOVE: John Adams

15) GO: Jonsi

16) FAMILIAL: Phillip Selway

17) RECORD COLLECTION: Mark Ronson & The Business Intl.

17 libros/ 2010


1) La fiesta del chivo: Mario Vargas Llosa

2) De qué hablo cuando hablo de correr: Haruki Murakami

3) Swimming in a Sea of Death: David Rieff

4) El libro de la almohada: Sei Shonagon

5) El año del diluvio: Margaret Atwood

6) Unchopping a Tree. Reconciliation in the Aftermath of Political Violence: Ernesto Verdeja

7) El embrujo de Shangai: Juan Marsé

8) El contrato sexual: Carole Pateman

9) Diario de una buena vecina: Doris Lessing

10) Las repúblicas de aire: Rafael Rojas

11) Un día perfecto: Melania G. Mazzucco

12) Push. A Novel: Sapphire

13) En busca de un lugar común. El espacio público en la teoría política contemporánea: Nora Rabotnikof

14) Pragmatismo y política: Richard Rorty

15) Los días que vivimos en peligro: Samtiago Llach (ed.)

16) WIld Justice. The Moral Lives of Animals: Marc Bekoff & Jessica Pierce

17) Closing the Books. Transitional Justice in Historical Perspective: Jon Elster

Friday, August 20, 2010

El color del mal


En nuestros imaginarios colectivos, Auschwitz permanece como el paradigma de la capacidad de los seres humanos para ejercer daños extremos sobre la carne y el espíritu de sus semejantes. En algún momento llegamos a pensar que era imposible no sólo escribir poesía después de Auschwitz –como sugirió Theodor W. Adorno–, sino sostener cualquier tipo de esperanza sobre el progreso moral de la humanidad y acerca de nuestra capacidad para aprender de las catástrofes del pasado. En la literatura y el cine, se han multiplicado las reflexiones generadas por la pregunta acerca de qué fue lo que ocurrió en la Europa de la primera mitad del siglo XX y que promovió conductas asesinas entre ciudadanos comunes y corrientes. Unos –como Daniel Goldhagen– afirman que el antisemitismo es un rasgo quintaesencial de la cultura europea y otros –como Hannah Arendt– señalan que el asesinato en masa de personas tuvo su origen en la incapacidad de los burócratas nazis y los ciudadanos que los solaparon para pensar desde la perspectiva del otro, de quien estaba siendo despojado de sus derechos, pertenencias y dignidad, y era conducido a la cámara de gas. Así, Auzchwitz permanece como una advertencia sobre los abismos de barbarie a los que podemos descender si suspendemos nuestra relación crítica con la cultura y la tradición que heredamos y que definen los límites movibles del mundo en que vivimos.

La película El listón blanco, de Michael Haneke, es una forma de plantear estas preguntas: ¿hasta qué punto somos capaces de escapar de la jaula de hierro, si no conocemos otra circunstancia que la del encierro? ¿En qué medida podemos responsabilizarnos por la violencia de nuestras acciones, si hemos sido educados para reaccionar con violencia y exclusión hacia quien es diferente? ¿En qué momento los límites del mundo se expandieron y dejamos de pensar que la autoridad suprema era la patriarcal y para, entonces, afirmar nuestra independencia respecto del hogar y sus tradiciones? No es casual que Haneke, hábil y ambivalente a la hora de diseccionar las causas del mal en el mundo contemporáneo, haya elegido una villa alemana en los meses previos a la Primera Guerra Mundial para narrar la eclosión de la violencia y el enrarecimiento de la conciencia moral de quienes, con el tiempo, acabaron dando su apoyo al nazismo y la tragedia totalitaria.

Lo que ocurre en este pueblo es el crecimiento de la sospecha mutua y la organización colectiva del crimen y la exclusión cuando no se puede localizar al autor de una serie de accidentes inéditos: la caída del caballo del médico a causa de una cuerda de acero colocada deliberadamente en el camino, la muerte de una granjera en el cobertizo, la golpiza al hijo del terrateniente local, la tortura del hijo con discapacidad intelectual del ama de llaves. La constante frente a estos hechos, escenificados por personajes sin nombre, es la certeza de que la pureza de la comunidad no puede tolerar estas desviaciones, que es necesario encontrar un culpable y condenarlo al ostracismo para que el mal no se contagie. Sin embargo, todo apunta a que los niños del pueblo saben mucho sobre estos accidentes, aunque sean precisamente ellos los depositarios de esa pureza virginal que los adultos tanto se esfuerzan por preservar. Precisamente, el título de la película alude al listón blanco que el pastor coloca en el brazo de sus hijos para recordarles de manera permanente su incapacidad para distinguir el bien del mal sin la tutela paterna, su absoluto sometimiento a la vigilancia de un Dios que es más castigo que perdón. Ese mundo de oscuridad –que es el de principios del siglo XX pero también el nuestro dominado por los mismos prejuicios discriminatorios– sólo podría haber sido retratado, como hace Haneke, con la textura preciosista del blanco y negro que asociamos con los retratos de nuestros abuelos y bisabuelos, frente a quienes nos pensamos como modernos y liberales, aunque no nos demos cuenta que eso mismo dirán nuestros descendientes cuando contemplen las jaulas de hierro en que de hecho vivimos.

No obstante, la mirada de Haneke no está filtrada por el determinismo histórico: el mal que conoció el mundo en Auschwitz es imperdonable y requiere de un ajuste de cuentas con la mediación de una idea de justicia. Pero la intención del cineasta austríaco es obligarnos a desmenuzar los códigos y costumbres en que ciframos la responsabilidad y nuestra comprensión del mal. Exigimos a los ciudadanos del mundo político postotalitario que se comporten como adultos y se hagan responsables por sus decisiones, también desalentamos las formas de violencia asociadas a los prejuicios y estereotipos discriminatorios, pero conservamos como tesoro de pureza la doble moral que nos permite lanzar la piedra y esconder la mano. Probablemente, el color de la pureza sea más la marca de la represión que de la libertad, y la mayor ventaja del mal sobre el bien sea su capacidad para camuflarse con nuestras costumbres más arraigadas, pero lo cierto es que –como ocurre con la voz del narrador de El listón blanco– tenemos que hacer el esfuerzo por contemplar nuestras acciones desde la distancia y preguntarnos en qué medida nuestras buenas intenciones generan los actos más atroces.

Tuesday, December 29, 2009

17 películas/ 2009


I. WALTZ WITH BASHIR – Ari Folman

II. UP – Pete Docter

III. ANTICHRIST -  Lars Von Trier

IV. ENTRE LES MURS – Laurent Cantet

V. SYNECDOCHE, NEW YORK – Charlie Kaufman

VI. REVOLUTIONARY ROAD – Sam Mendes

VII. LA TETA ASUSTADA – Claudia Llosa

VIII. THE FANTASTIC MR. FOX – Wes Anderson

IX. HAPPY-GO LUCKY – Mike Leigh

X. UN CONTE DE NOËL – Arnaud Desplechin

XI. TWO LOVERS – James Gray

XII. (500) DAYS OF SUMMER – Marc Webb

XIII. FROST/ NIXON – Ron Howard

XIV. LE SILENCE DU LORNA – Jean-Pierre & Luc Dardenne

XV. THE READER – Stephen Daldry

XVI. THE WRESTLER – Darren Aronofsky

XVII. LOOKING FOR ERIC – Ken Loach

17 discos/ 2009


I. IRM – Charlotte Gainsbourg

II. BEGONE DULL CARE – Junior Boys

III. JUNIOR – Röyksopp

IV. THE CRYING LIGHT – Antony and the Johnsons

V. WE HUM ON THE WAY HOME – Motohiro Nakashima

VI. POPULAR SONGS – Yo la tengo

VII. NOBLE BEAST – Andrew Bird

VIII. MERRIWEATHER POST PAVILLION – Animal Collective

IX. THE BQE – Sufjan Stevens

X. EASY COMES, EASY GO – Marianne Faithfull

XI. ABNORMALLY ATTRACTED TO SIN – Tori Amos

XII. VOLCANO CHOIR – Unmaps

XIII. THE HAZARD OF LOVE – The Decemberists

XIV. PRIMARY COLOURS – The Horrors

XV. FUERZA NATURAL – Gustavo Cerati

XVI. YES – Pet Shop Boys

XVII. LOVE 2 – Air

 

17 libros/ 2009



I. NO ONE BELONGS HERE MORE THAN YOU – Miranda July

II. CORRE, CONEJO – John Updike

III. SPECIMEN DAYS – Michael Cunningham

IV. GOMORRA – Roberto Saviano

V. NIEVE – Orhan Pamuk

VI. EL LECTOR – Bernard Schlink

VII. PLATA QUEMADA – Ricardo Piglia

VIII. PEQUEÑOS ACTOS DE DESOBEDIENCIA CIVIL – 

Fabrizio Mejía Madrid

IX. EL VIAJE DEL ELEFANTE – Jose Saramago

X. EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY – Peter Handke

XI. PENSAMIENTOS SECRETOS – David Lodge

XII. POESÍA NO COMPLETA – Wislawa Szymborska

XIII. WHAT WAS SHE THINKING (NOTES ON A SCANDAL) – Zoe Heller

XIV. MANUAL DE PSICOMAGIA – Alejanbdro Jodorowsky

XV. TRANSITIONAL JUSTICE – Ruti G. Teitel

XVI. SCALES OF JUSTICE. REIMAGINING POLITICAL SPACE IN A GLOBALIZING WORLD – Nancy Fraser

XVII. NUNCA MÁS. INFORME DE LA COMISIÓN NACIONAL SOBRE LA DESAPARICIÓN DE PERSONAS EN ARGENTINA - CONADEP

Sunday, October 18, 2009

Desencuentros cercanos del tercer tipo


El cine de ciencia ficción ha relatado muchas veces el encuentro entre la raza humana y los extraterrestres que, con buenas o malas intenciones, arriban a la Tierra. Desde Los secuestradores de cuerpos (1956) hasta El día de la independencia (1996), los extraterrestres han sido retratados como especie malévola que intenta depredar nuestro planeta apoyada en su superioridad tecnológica, hasta que el ingenio humano encuentra la forma de superar esa asimetría inicial. Algunas de las películas del género tienen en común la actitud optimista respecto de la naturaleza humana: lo que nos distingue no es tanto la superioridad intelectual o la capacidad tecnológica, sino el compromiso con una conciencia ética que nos llevaría a enfrentar la adversidad generando vínculos solidarios con quienes se han convertido en víctimas involuntarias.


Sector 9
, la película dirigida por Neill Blomkamp, tiene como punto de partida una premisa distinta: hace casi 30 años, una nave extraterrestre gigante se instaló sobre Johannesburgo y, tras algunos meses de inactividad, una coalición internacional decidió ingresar  a ella para romper la espera, sólo para encontrar a miles de seres parecidos a langostinos, enfermos y muriendo de hambre, a quienes se recluye en un campamento de refugiados. Con el tiempo, los humanos habrían comenzado a hartarse de los extraterrestres, a estigmatizarlos como indeseables y a humillarlos y maltratarlos con el pretexto de su supuesta inferioridad y debilidad. Entonces, la coalición decide trasladar a los extraterrestres a otro campo de aislamiento, en condiciones peores, donde se evada la vigilancia de los defensores de los derechos de las especies racionales. Al frente de la misión de reinstalación de los extraterrestres se coloca a Wikus Wan De Merwe, burócrata de la coalición, quien experimentará en carne propia lo que significa ser un paria social, obligado a intercambiar el papel de perseguidor con el de la víctima.


Sector 9
es una película notable por varias razones. Primero, por la audacia realizar, a la vez, un homenaje y una crítica al género de la ciencia ficción. Blomkamp dinamita la idea de que el encuentro entre humanos y extraterrestres tendría que ser motivo de aprendizaje moral, cuando lo que en la película ocurre es que los primeros acaban mostrando su instinto predador frente a los segundos a causa de su debilidad. Como en la mayoría de las películas del género, los extraterrestres poseen una tecnología que los humanos codician, pero ésta coexiste con la miseria y el empobrecimiento de la calidad de vida que resulta de vivir en lo que se parece mucho a los barrios miserables que rodean a las ciudades más prósperas de la Tierra. Para acentuar esta sensación de asfixia y degradación de los extraterrestres sojuzgados por los humanos, la dirección de arte se coloca a medio camino entre Star Wars y Slumdog Millionaire.


Sector 9
sigue el gradual proceso de pérdida de la inocencia de Wikus, quien al principio aparece como el frío operador del desalojo de los extraterrestres, sin ocultar la lástima y la condescendencia que ellos le generan; y, hacia el final de la historia y a causa de un accidente que lo lleva a buscar refugio en el campo de confinamiento, él tendrá que desechar su visión simplificada del conflicto entre opresor y oprimido, para desarrollar todas las estrategias de sobrevivencia que le han permitido a los extraterrestres sortear la crueldad humana. Y aunque el cine de ciencia ficción siempre nos hace poner los ojos en un futuro muy distante o en territorios ajenos a nuestro planeta, Sector 9 nos obliga a mirar, desde la perspectiva de la indefensión de los extraterrestres en los campos de internamiento, los mecanismos que nos llevan a discriminar, aquí y ahora, a todo el que aparece como diferente y ajeno a la cultura mayoritaria. Una parte importan de la verosimilitud de este discurso recae sobre la estupenda interpretación que el sudafricano Sharlton Copley hace de Wikus y su gradual conversión en presa acorralada.


Finalmente, habría que decir que no es casual que la acción de
Sector 9 se sitúe en Sudáfrica –país que experimentó el régimen del Apartheid– y que su propósito sea hacernos experimentar la facilidad con que se puede caer en la vulnerabilidad y la miseria, a causa de la discriminación y la irresponsabilidad política que dominan nuestras sociedades. De manera muy pertinente, la película mezcla el registro documental –para dar voz a quienes están a favor y en contra de la ampliación de derechos de los extraterrestres y para mostrar a estos últimos buscando alimento en la basura o traficando con armas o favores sexuales– y el diario de guerra –sugiriendo que la historia siempre acaba siendo contada del lado de los vencedores. No obstante, Sector 9 concluye con una nota de optimismo, o mejor dicho, de disolución del pesimismo que probablemente nos defina mejor que otro rasgo como especie humana: no todo está determinado, siempre existe la posibilidad de crear lazos de solidaridad con quien es radicalmente diferente de nosotros, uno no puede transitar siempre por un mundo injusto con los ojos cerrados. El sacrificio –que da sentido último a Sector 9 como parábola sobre el intercambio de las posiciones del verdugo y la víctima– no es una postura heroica que resulte de la fortaleza moral de los seres humanos, sino la oportunidad de mostrar un poco de decencia con quienes hemos sido crueles la mayor parte del tiempo.


[
La imagen se tomó de la colección de imágenes que los amigos de Sharlton Copley han subido a su perfil de facebook. El crédito pertenece a mandamick17 y más muestras de su trabajo se pueden encontrar en el siguiente link: http://mandamick17.deviantart.com/]

Friday, February 06, 2009

El silencio en el interior de una caja china



[Para Ronnie, cuya lucidez no cabe ni en una sucesión infinita de cajas chinas]

Casi siempre, lo exótico, lo distante de nuestros usos y costumbres, viene del oriente, preferentemente desde China. Imaginamos que las costumbres más licenciosas, la tecnología que por fina materializará nuestros placeres inconfesables o el lujo grandilocuente a precio de imitación accesible al contenido de los bolsillos, son todos chinos. Chinos son, también, los cuentos que sabemos no podemos ceder a la tentación de creer, pero que por un momento resultan plausibles dada la certeza brillando en los ojos del embaucador que los cuenta. Chinos son también esos juguetes disponibles en los bazares del centro de la ciudad, como el mahjong o las cajas que contienen una sucesiones infinitas de otras cajas en su interior; juguetes que –como una pieza musical de Philip Glass o las pinturas de Hokusai– nos proporcionan placeres simples, nos colocan en un estado de trance o somnolencia, nos hacen repetir jugadas de manera mecánica a partir de un puñado de reglas elementales y de combinaciones infinitas, pero que al terminar de manipularlos sospechamos que no son tan inocentes como suponíamos. Mirado desde la distancia –quizá desde un puerto chino al que la imaginación nos ha transportado por arte de magia– lo que hacemos todos los días se vuelve excéntrico, los espacios que construimos para vivir vidas plenas y felices se vuelven miniaturas incapaces de contener las aspiraciones incluso de una diminuta mosca. No obstante, probablemente ni el mahjong ni las cajas de contenido infinito sean de origen chino.

En Bella de día –la inocente película de Luis Buñuel sobre los placeres que por oscuras razones tendemos a calificar como perversos–, la aburrida ama de casa interpretada por Catherine Deneuve ocupa sus mañanas trabajando en un burdel, convencional en casi todos los aspectos. Si bien es cierto que el interés de una partida del juego chino del mahjong está dado por la pericia de los jugadores, también es verdad que el colorido de un burdel radica en el exotismo de los clientes. Y al burdel de Catherine Deneuve acude un tipo de ojos rasgados, barriga prominente, sonrisa fácil y maletín abultado –chino, para más señas–, con la petición de gastar un par de francos con una de las chicas, siempre y cuando ella acepte el juego erótico contenido en una cajita que el cliente cela como si fuera la última pieza de una sucesión infinita de cajas chinas. Todas las mujeres a quienes el chino muestra el contenido de la caja son captadas por la cámara de Buñuel con expresiones de horror, los rasgos desencajados y los ojos a punto de explotar, incapaces de contener todas las imágenes relacionadas con las infinitas posibilidades de placer asociadas al objeto que guarda la cajita china. Todas rechazan la paga del chino, menos Catherine Deneuve, quien cede gustosa al intercambio erótico propuesto por el cliente, incluido el juego con el contenido de la caja. Nosotros –el público fisgón de los exóticos usos y costumbres del burdel de Catherine Deneuve– nunca observamos el contenido, y cuando a Buñuel los curiosos –los incapaces de aceptar la existencia del misterio– le preguntaban qué había en el interior de la cajita del chino, él simplemente decía: “¡lo que usted quiera!”. Por supuesto, esa respuesta es extravagante, al menos si se piensa que el cineasta tiene la obligación de destripar su narración para vender las vísceras a precio de oro, para que sean consumidas y digeridas tan rápida como indoloramente. Pero Buñuel iba siempre en sentido opuesto de la solemnidad y las costumbres al uso: para él, el cine era preservación del misterio; filmar significaba escenificar el milagro de vivir en el vacío y continuar un día sí y otro también caminando por el mundo con los ojos cerrados; elucidar la inocencia presente en la crueldad de los niños y sus juegos con soldados y sangre artificial; descubrir la perversión en la intención de salvar al prójimo y vestir el traje del buen samaritano. Buñuel, aún filmando en español y tapizando sus historias con imaginería católica, parece un cineasta chino, por ajeno, familiar, exótico, lúdico, perverso y simple.

Ludwig Wittgenstein –excéntrico vienés y no chino– decía que la labor del filósofo era semejante a la de quien se esfuerza por hacer que una mosca salga del frasco en donde se halla encerrada. El filósofo, entonces, podría despojarse de la solemnidad y correr descalzo por el burdel de Catherine Deneuve para liberar a lo que él supone es un insecto encerrado en la cajita del cliente chino. No recuerdo bien por qué, pero a mí siempre se me ocurrió pensar que, en Bella de día, dentro de la cajita del asiático había una mosca, algo turbada por el encierro y el calor, y que el placer propuesto para compartir era jugar a liberarla o no, a salvarle la vida y devolverla al mundo o a hundirla en un vaso con cerveza hasta la muerte. Para la mosca, la cajita quizá sería un universo entero, con el aire suficiente para respirar –dosificado a través de un agujerito hecho por el cliente chino–, tibia como para dormitar al tiempo que se olvida de su situación de cautiverio. Y también se me ocurría pensar que algo similar le ocurría al personaje de Catherine Deneuve, sólo que para mí no era tan claro si la caja china era el burdel, la casa marital o el espacio intermedio mientras caminaba de un encierro a otro.

En Revolutionary Road –la feroz novela de Richard Yates convertida en una incómoda película por Sam Mendes–, el rostro predispuesto a encontrar placer donde no lo hay para otros, no es el de Catherine Deneuve sino el de Kate Winslet. Encerrada en una caja de cerillos que nadie quiere abrir para darle algún uso lúdico producto de la imaginación inocente puesta a fantasear sobre prácticas perversas, el ama de casa que interpreta Kate Winslet acaba golpeándose contra los muros de su encierro. El dolor no provoca alaridos, sino sólo ruidos guturales, pues ella tampoco dispone de mucho aire para invertir en un grito pleno. En algún momento de la narración de Revolutionary Road, Kate Winslet dice que ella no quiere escapar del encierro, sino dar un paso al interior del mundo. Porque lo que la mosca de Wittgenstein y del cliente chino toma como el mundo entero no es más que el encierro definido por las paredes de la caja en que se halla presa; porque el verdadero contenedor de nuestra encerrada soledad no tiene barrotes ni paredes definidas, y sólo produce moretones cuando nos arriesgamos a correr contra paredes invisibles.

Hay una imagen que estamos acostumbrados a pensar como propia de la exótica cultura china: la del silencio producto de la contemplación y los años de sabiduría ganados con sacrificio y dolor. Si China es el lugar del ruido, el lujo y la falsificación, por arte de magia también la transformamos en el espacio de la quietud, la paz interior y la ausencia de ruido. La mosca de Wittgenstein, Catherine Deneuve en Bella de día y Kate Winslet en Revolutionary Road merecerían ser retratadas en un paisaje chino en este sentido "profundo" de la palabra: sabiendo que el silencio por el que vale la pena hacerse moretones no es el del interior de la cajita, sino el que se encuentra afuera, en un paisaje lo bastante amplio como para que nos movamos a nuestras anchas sin llegar a sentir las rejas que definen el propio encierro. No porque no existan los barrotes de la celda, sino porque el silencio significa la ausencia de cualquier sonido que rebote contra ellos y nos haga conscientes del encierro. Aunque quizá, Bella de día, la visión que de la filosofía tenía Wittgenstein y Revolutionary Road no sean sino cuentos chinos escuchados por aturdidos oídos occidentales.